lunes, 29 de febrero de 2016

La princesa con las botas rojas

La princesa Carlotta Margarotta vivía en un precioso palacio de princesa, dormía en una enorme cama de princesa, tenía una diminuta corona de princesa, lucía una preciosa melena de princesa, tenía muchísimos vestidos de princesa … y usaba unas enormes botas de color rojo.

Sus padres habían intentado que Carlotta Margarotta usara los preciosos zapatitos que todas las princesas deben usar, pero no había manera. La princesa nunca, jamás, consintió en meter sus pies en aquellos incómodos zapatitos. Ella sólo quería sus enormes, fuertes y cómodas botas rojas.

Con esas botas Carlotta Margarotta había recorrido todo su reino y la mitad del vecino, había subido la montaña más alta y había trepado a más de un árbol. Y todas esas cosas no se pueden hacer con zapatitos de cristal, ni con zapatos de tacón, ni con zapatos con lacitos, florecitas o cualquier otra cursilada de esas que suelen gustar a las princesas. No señor, para eso es necesario llevar unas botas grandes, fuertes… y rojas, muy rojas, como las de Carlotta Margarotta.


















Cierto día llegó a palacio el mensajero real con un mensaje real del real y magnífico reino de Suuri. El rey tomó el real mensaje que le traía el mensajero real, se puso sus reales gafas y leyó muy real y concentradamente.

El rey de Suuri invitaba a la princesa Carlotta Margarotta a participar en un concurso para elegir a la Princesa más Princesa de todas las Princesas. La ganadora se casaría con el príncipe Arnaldo, hijo de Arnoldo, rey de Suuri.

Por supuesto, Carlotta Margarotta no quería participar.
Por supuesto, sus padres la obligaron a participar.
Por supuesto, Carlotta Margarotta acabó participando.

Al concurso se presentaron cuatro princesas: Carlotta Margarotta, la princesa Pitiminí, la princesa Repipí y la princesa Finolís.






La primera prueba del concurso era una carrera. Una carrera por un largo pasillo. Un pasillo de suelos resbaladizos. Un pasillo por el que debían correr usando unos zapatos de tacones altísimos.

Pitiminí llegó la primera sin ningún problema.
Repipí llegó segunda porque tropezó con una mesita.
Finolís casi, casi -pero sólo casi- se cayó y llegó tercera.
El cuarto y último lugar fue para Carlotta Margarotta que resbaló, patinó, se cayó, se volvió a levantar, se volvió a caer y acabó la carrera gateando.
¡Un desastre!

La segunda prueba era dormir sobre veinte colchones y despertarse al notar un diminuto guisante.
Repipí tardó exactamente tres segundos en notar el pequeño, diminuto, casi invisible guisante.
Finolís dio cuatro vueltas antes de notarlo.
Pitiminí aguantó un par de horas.
Y Carlotta Margarotta durmió como un tronco toda la noche.
¡Un desastre!

La última prueba era ser raptada por un dragón y esperar pacientemente a ser rescatada por un valiente caballero.
Finolís, mientras esperaba, se dedicó a bordar y se marchó encantada con su caballero.
Repipí pasó el tiempo mirándose al espejo y el caballero que fue a rescatarla tuvo que esperar a que terminara de pintarse las uñas antes de poder rescatarla.
Pitiminí durmió mucho, muchísimo, tantísimo que su caballero tuvo que llevársela dormida.
Y Carlotta Margarotta leyó y charló con el dragón. Leyó y jugó con el dragón. Leyó y le contó historias al dragón. Leyó y se hizo amiga del dragón.
Cuando llegó el caballero que tenía que rescatarla, Carlotta Margarotta no quiso irse.
¡Un desastre!

Su padre el rey, su madre la reina, el rey Arnaldo y el príncipe Arnoldo intentaron convencerla de que debía dejarse rescatar pero ni por esas.

Carlotta Margarotta se sentó en el suelo, se cruzó de brazos y se negó a moverse.

-¡No quiero ser una princesa tonta! -dijo– ¡No quiero ponerme zapatitos de princesa, ni vestidos de princesa, ni peinarme como una princesa, ni hacer nada de princesa! Quiero mis botas rojas, subir a los árboles, correr, pasear, leer, jugar y estar con mi amigo el dragón.

Tras varios gritos, un gran enfado y dos o tres amenazas, los padres de Carlotta Margarotta, cansados, se sentaron en el suelo y hablaron con la princesa. Hablaron de sus botas, hablaron de ser princesa, hablaron del dragón, hablaron y hablaron hasta que los reyes aceptaron que Carlotta Margarotta no era una princesa como las demás princesas, aceptaron sus botas y aceptaron que el dragón se fuera a vivir con ellos.

El concurso de princesas acabó en un empate entre Pitiminí, Repipí y Finolí, así que el rey Arnaldo decidió que el príncipe Arnoldo eligiera con cuál las tres se casaría. Pero el príncipe Arnoldo, hijo del rey Arnaldo, se negó a casarse con ninguna de aquellas princesas cursis y aburridas:
-Yo quiero vivir aventuras -dijo. Y se fue. Así. Sin más.

Las princesitas volvieron muy enfadadas a sus reinos y, pasado un tiempo, se casaron con príncipes de los de toda la vida.

El príncipe Arnoldo se dedicó a vivir aventura tras aventura hasta que le llegó el momento de convertirse en rey.

Y Carlotta Margarotta vivó feliz en su reino, con sus padres, su dragón y sus cómodas y rojas, rojísimas botas.

lunes, 8 de febrero de 2016

Mis labiales mates preferidos

En una entrada antigua ya comenté como fue ese flechazo que tuve con mi amadísimo Ruby Woo de Mac. Sí, me gustan los labiales mates y que duren un porrón. Y este de Mac cumple, pero si hay alguno que le supera son los fijos de toda la vida. Esos que son líquidos y se secan y no hay quien los pueda quitar. Y que a mi Árbol tanto le gustan porque ya ha dejado de preguntar si le he pintado cada vez que le doy un beso.

Bueno, pues en mi cajón de los pintalabios, entre decenas de ellos, hay unos pocos que siguen a mi adorado Ruby Woo en la lista de los mejores labiales que han pasado por mis morritos:

-Double touch lipstick, de Kiko.
En mi caso es un rojo clásico, el tono 112 Cherry Red. Pigmenta un montón y, aunque es bastante seco, tiene un brillo en el otro lado. Es verdad que es muy brillante y chafa la intención de llevar los labios mate. Sin echarse nada se puede ir tranquilamente, si es demasiado incomodo se puede echar un poco de brillo y repartir bien para que no haga ese efecto gloss. Para mi es una buena opción por 6,90 euros.





-Lip cream stain, de Sephora.
Yo tengo un rosa preciosismo para verano (08, Whipped blush), pero hay colores para aburrirse. Tiene un olor muy rico, es bastante líquido por lo que se extiende de maravilla y, aunque se seque bastante rápido, da tiempo de corregir las esquinas en caso de tener mal pulso. Creo que es el más cómodo de llevar de los labiales que hoy menciono, aunque también es el que menos dura. Eso no significa que dure poco. Su precio ronda los 12 euros, no recuerdo exactamente cuanto.





-Everlasting Liquid lipstick, de Kat Von D.
Cuando fui a comparlo la dependienta se sorprendió de que quisiera el tono Bow n Arrow y no el Lolita. Al parecer este segundo se agota en todos los sitios. Por lo que sabido Bow n Arrow tiene bastante éxito también. Es un color entre gris y beige interesante. Pero al margen del color, que eso será en base a gustos, la formula es muy líquida, mate, seca en seguida y una vez fijado cuesta quitarlo. Como todos los labiales de este tipo, es secorro, pero quien busque ese efecto podrá soportarlo. Me gusta este pintalabios, más porque es de Kat, pero cuando se me gaste buscaré un tono que se le parezca en las gamas de Kiko o Sephora porque cuesta… (tachan, tachan) 21 eurazos. Aun así lo adoro.

*Edito para añadir que he probado los Studded Kiss Lipstick (los otros de Kat Von D) en el famoso tono Lolita y sí, es precioso. Además creo que es un tono muy ponible y que debe de quedarle bien a casi todo el mundo. El color aguanta bastante y la textura es más cómoda, para quienes tengan los labios hipersecos y no se atrevan con la maravilla que os muestro en la foto.



-Kiss of Life (111), de Rimmel London que es un clon genial de mi amado Ruby Woo. Es un pelín más rojo si cabe, más cremoso –mancha más pero es más fácil de aplicar–, y no es tan mate.  Aun así, cuando pasa un rato se seca y queda más mate y mancha menos, así que ni tan mal. Huele de vicio y su precio no llega a los 5 euros ;) Sin duda, es mi "Ruby Woo" de a diario.




martes, 2 de febrero de 2016

La autodestrucción humana

Dice Stephen Hawking que cree que mil años es el margen de tiempo que podría quedar para que la Humanidad se autodestruya. ¿Realizándose harakiris masivos? No. El físico teórico opina que seremos víctimas de nuestros avances científicos y tecnológicos. Una guerra nuclear, el calentamiento global, virus producidos por la manipulación genética... A veces, los avances son una involución, un gran paso hacia atrás para la humanidad.
Pero no todo es malo. Hawking considera que ese mismo progreso también podría protegernos y hacernos más resistentes si llegamos a reconocer los peligros y controlarlos. «Soy optimista, creo que podemos», comentó.

Pues yo no soy tan optimista. Veo cómo cada día el planeta Tierra se consume poco a poco y si sigue por ese camino terminará haciéndose un harakiri. Mirando a mi ombligo y sin pretender ocultar todos esos problemas más importantes que colman las páginas de este diario, tengo que decir que tras la consulta que el domingo se hizo en mi pueblo comienzo a pensar en un futuro en el que tenga que llevar mascarilla para ir a trabajar y deba beber agua embotellada en mi casa.

Trabajo en Donostia y a pocos kilómetros, en Zubieta, colocarán una incineradora que contaminará el aire. Vivo en Legazpi y a pocos kilómetros, en Mutiloa, guardarán las cenizas tóxicas que produzca. Todavía ese monstruo que se comerá nuestros recursos y vomitará humo no se ha construido, estamos a tiempo de pararlo. Hagámonos más resistentes, tal y como sugiere Hawking.

Publicado en Gara