viernes, 13 de mayo de 2016

Si comparamos llegamos a comprender

Vengo del médico y dice que la culpable de que no haya pegado ojo en toda la noche por el dolor es una pequeña herida en la boca. Será pequeña, pero a mi me sigue doliendo una barbaridad y mis ojeras son de un color vampiresco. Sin embargo, no dejo de pensar en mi amiga que estará ahora en el paritorio, sufriendo ese dolor que solo las madres sienten.
Está bien quejarnos y cuidarnos porque el mal ajeno no curará el nuestro, pero solo comparándolos podemos llegar a entender por lo que están pasando los demás. Se llama empatía y es muy humano.

Puestos a comparar y a intentar ponerme en la piel de los demás –intento olvidar el pinchazo junto al oído, hoy no doy para más– no puedo dejar pasar el tristemente «tema de moda»: los refugiados. Muchas de nuestras abuelas y abuelos tuvieron que dejar su casa y viajaron a donde se les ofrecía una oportunidad; algunos fueron del sur del Estado al norte, y otros llegaron hasta Alemania. Otros se marcharon huyendo de la represión, de la guerra, de las bombas para terminar sus días en un campo de concentración. Hoy son sus nietos los «exiliados» por una política de empleo que a duras penas les deja construirse una vida.
Pero fijémonos en quienes también van de sur a norte pero desde el otro lado del mar Mediterráneo. Antes buscaban trabajo, ahora solo la paz. No se han encontrado con un pueblo que les acoja con los brazos abiertos, como hizo el vasco con mis abuelos. Lo único que encuentran es un muro parecido al de los campos de concentración.


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